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PÉTALOS CON ARROZ

Me gustan especialmente las imágenes que sugieren más que muestran. Donde cada espectador se convierte en único y puede recrear mentalmente diferentes historias. Ponerle en situación dejándole crear la trama. Soltándole en el escenario, permitiéndole interpretar libremente. De la imaginación surgen los cuentos. Y eso es lo que más me gusta.

Cuando realicé esta foto, hace tres años, escribí sobre ella: “Los pétalos comienzan a marchitarse en cuanto la iglesia cierra la puerta”.
Era el 23 de julio y estaba cubriendo un encargo para el suplemento El Viajero, de El País sobre una comarca de Galicia. Quería fotografiar la iglesia románica de Santa María de Cambre, en A Coruña, con algo de ambiente. Así que me acerqué al lugar a mediodía por si había gente por allí, para conseguir una escena en la que la iglesia fuese el sujeto principal, pero de forma que pareciese simplemente un complemento circunstancial de lugar. Y, ley de Murphy, no sólo no había nadie sino que poco tiempo antes se había apagado el jolgorio. Qué mala suerte, por pocos minutos se me había escapado una novia, un personaje que siempre añade color a una escena, a mí, que me fascina ese mundo de gasas y puntilla que se esconde bajo las telas de raso que lucen como nadie las damas de honor.

Con ese lamento en la cabeza me decidí a intentar enmendarlo, captando en una imagen el pasado más inmediato, lo que había salido de las manos de las damas de honor, hacía escasos minutos, para rozar el vestido de la novia. Pétalos mezclados con arroz, olvidados sobre la fría piedra del atrio de la iglesia, mientras esa legión de chicas, que mi mente vistió de rojo, se iban de fiesta.

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