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FOTOGRAFIANDO AL VIENTO

Desde hace 12 años mantengo una intensa relación con el viento. Parapente, kitesurf, windsurf… pero nunca he sido capaz de fotografiarlo. El viento es transparente, esquivo con la cámara, no se deja ver, solo se siente, y su fuerza y movimiento me resultan difíciles de transmitir en imágenes.

El pasado viernes tenía que estar temprano en una reunión a una hora en coche de casa. La noche había sido desasosegante, con rachas muy fuertes silbando en el tejado. Cuando amaneció se veía sobre la ría de Bares toda la intensidad de la ciclogénesis Ulla, la última del tren de seis borrascas que hemos recibido en Galicia en casi dos meses: Dirk, Petra, Nadja, Ruth, Stephanie y Ulla. Me subí al coche con cierto recelo ante los eucaliptos que se doblaban sobre la carretera.

Cuando enfilé San Román, una costa majestuosa desde donde se divisa Punta Roncadoira, uno de los faros más emblemáticos de A Mariña, vi la escena más intensa que he podido presenciar en doce años buscando viento: la boca de la ría de Viveiro, con varios mercantes fondeados para protegerse del temporal, en medio de un paisaje marino que, más que eso, parecía una tormenta de ventisca y nieve en el polo norte. A esa hora, las 9 de la mañana, cuando tomé la fotografía, la estación meteorológica más cercana marcaba 112 km/h sostenidos y 166 km/h en la racha. Casi nada!!

Es tal la magnitud que el propio viento coge cuerpo y se deja fotografiar.

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